I.A.

Voy contarles sobre un hombre que nunca existió. No tuvo manos ni piernas. Nunca comió ni durmió. Este vivía, si es posible decirlo, en un plano metafísico o dicho con mayor propiedad en una rendija existencial. Solía aparecerse raras veces. Como un coyote me miraba desde la loma. Otras veces se acurrucaba mansamente a mi lado y lamía mis heridas.  Su corazón no era blando ni rojo. Desde su interior supuraba un ácido letal mezcla de miedo, tristeza e impotencia.   A veces deseó pinchar el globo de su inexistencia para convertirse en piedra. Otras deseo salir al mundo y abrazarlo.

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