Una vez tuve unas manos frescas y frondosas, capaces de crear y acariciar. Tuve manos, pero las dejé en desuso. Se convirtieron en ramas. Con el tiempo y el cuido, empezaron a crecerles pequeños tallos y hojas. Hubo nidos, pupas, colibríes. Hasta el día que hallé un pájaro muerto. El cadáver trajo un aire de cementerio a mis manos que se llenaron de bruma y grillos. Esta vez fue necesario empeñarse a fondo. No fue asunto de religión ni de ultratumba sino de movimiento. Empecé a mover los dedos y falanges, a remover la tierra, a exponer los cuerpos. Pude ver entonces, las verdaderas maldiciones que secaron mi alma.




